El 15M y la democracia (Año V). Una lectura tecnopolítica

Hace tan sólo 5 años, la demanda de una “democracia real, ya!” abría la manifestación del 15 de mayo. En la misma línea, dos lemas destacados esos intensos días denunciaban que “no nos representan” y “lo llaman democracia, y no lo es”. La cuestión de la democracia y su relación con la representación se situaba, de este modo, en el centro del debate político del 15M desde su origen. Sin embargo, lejos de tener una interpretación única, el sentido de estas consignas ha sido un campo de disputa y experimentación durante los 5 años siguientes.

* Artículo escrito junto a Antonio Calleja y Xabier Barandiaran                                                    ** Texto original publicado en ctxt.es en el especial #cincoañosdel15m por invitación de Guillem Martinez

El primero de esos experimentos fue el 15M mismo, una red de personas y plazas conectadas, compartiendo prácticas y afectos, generando discurso y coordinando acciones políticas en común. Las prácticas tecnopolíticas (especialmente, el uso intensivo de las tecnologías en red para la acción colectiva) generaron un potencial comunicativo y organizativo que no solo hizo llegar el deseo de una democracia real a una mayoría de la población, sino que también permitió ensayar nuevas formas de colaboración y toma de decisiones que apuntaban más allá de las formas de organización política modernas, centradas en la representación.

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Foto de: Aurora Petra, 2012 ( cc-by-nc license)

Ya en 2012, se viviría el momento de máxima oposición y tensión destituyente entre el 15M y espacio representativo. Fue el 25 de septiembre de 2012, con la convocatoria Rodea el Congreso, a la que siguió un periodo en el que las masivas movilizaciones de la PAH y las Mareas marcaron la agenda política y el conflicto entre ciudadanía y gobierno. A pesar de las numerosas victorias, los movimientos encontraron lo que se vino a llamar un “techo de cristal”, el cristal blindado del Estado y el espacio representativo, copado por el Partido Popular, que bloqueaba policial y políticamente las principales demandas de los movimientos.

En 2014 Podemos se presentaba como respuesta a la crisis democrática planteada por el 15M, pero también como reacción ante algunos de los límites del propio movimiento. Esta respuesta, populista y partidista, apuntaba, en buena medida, un retorno de la representación. Como ejemplo, la noche de las elecciones europeas, durante el discurso de los líderes del partido, la gente cantaba (por primera, pero no última vez) “que sí, que sí, que sí nos representan”. De este modo, la respuesta al problema planteado por el 15M parecía reducirse a un cambio de representantes.  Con el languidecer de los círculos y asentada la centralidad de los medios de masas en su estrategia política, las innovaciones tecnopolíticas de Podemos en términos de democracia interna y apertura organizativa han acabado tomando un sesgo plebiscitario, viendo su potencial acotado a un marco de acción populista y de hiperliderazgo representativo. Paralelamente, y dentro de la corriente más light del regeneracionismo democrático, el bipartidismo trataba de no quedarse fuera de la carrera. “Transparencia”, “primarias abiertas”,  “gobiernos abiertos”, pasaban a formar parte del léxico común de la política establecida. De manera no menos oportuna, el “Podemos de derechas” daba el salto a la escala estatal para sacar rédito de la rampante crisis democrática y de representación, apelando al orden y a la responsabilidad, con mínimas dosis de transparencia y muy poco de radicalidad democrática.

En este contexto, las candidaturas municipalistas a las elecciones de mayo de 2015 trajeron un giro quincemayista. Lo hicieron gracias a organizaciones híbridas, entre partido y movimiento,  con un front end mediático y centralizado en torno a figuras que acumulaban capital simbólico y un back end distribuido y multitudinario capaz de gestionarlo. Este asalto efectivo en lo local ha sido, además, capaz de componer una incipiente red de ciudades del cambio. Desde esta red y, particularmente, en torno a las áreas de participación de los ayuntamientos constituidos en 2015, se ha ensayado una cuarta posición (no excluyente ni incompatible con las anteriores) con respecto a la problemática democrática planteada por el 15M (tras el acento autonomista de los primeros meses del movimiento, el énfasis destituyente del 25S, y el giro partidista-populista representado por Podemos). Esta cuarta posición se centra en la experimentación y la institucionalización de nuevas formas tecnopolíticas de participación. Como ejemplos incipientes de esta apuesta instituyente, participativa y tecnopolítica, ahí están (no sin numerosos límites y errores a superar) los procesos y las plataformas digitales decide Madrid y decidim Barcelona, construidas con código libre compartido entre ambas ciudades, que operará pronto en otros municipios y tiene el potencial de extenderse a otras formas de organización cooperativa y/o asociativa, y de hacerlo globalmente. En este sentido, la colaboración en red entre ciudades apunta no solo más allá de la representación, sino también más acá del Estado-nación y sus lógicas de representación identitaria.

Como puede apreciarse, entre los procesos de “asalto institucional” post-15M podemos encontrar una tensión entre dos polos: el representativo y el participativo. En el modelo centrado en la representación (el re-praesentare) la gente aparece, principalmente, como espectadora, se la “vuelve a presentar” en el espacio político, se la reconstruye siguiendo un formato ligado a la política espectáculo, a la centralización en la toma de decisiones, al liderazgo fuerte, a las jerarquías fijas y su inteligencia directiva, en definitiva, a dinámicas de poder más o menos clásicas. En el otro polo, el centrado en la participación (el pars capere), se interpela a la gente en tanto que agente, se busca poner las condiciones para que tome parte–como se tomaron las plazas y las redes digitales en el 15M– y lo haga entre iguales (inter pares), en un formato de política activa (y, a menudo, conflictiva) que aspira a ser descentralizada, a poner las condiciones que faciliten la autoorganización y la autonomía social, la inteligencia colectiva y, en definitiva, dinámicas que alimenten la potencia de lo que la gente puede hacer y decidir en democracia.

Esta tensión y polaridad se manifiesta en los juegos discursivos por apoderarse del significante de la “participación” sin atender a su significado profundo ni a su articulación técnica y social. En este juego, todo el espectro político tradicional puede asimilar el discurso light de la participación, incluso darle un maquillaje tecnopolítico. Lo ha hecho ya en múltiples ocasiones, siempre que no amenace realmente el privilegio del poder representativo (ése que luego puede negociar bajo la mesa, pactar con la UE o someterse a los mercados) y que se garantice el status quo en un sentido más amplio. De manera similar, el adagio de la transparencia, el dar a la gente la posibilidad de ver y “representarse” las instituciones y la actividad de sus representantes, resulta insuficiente si no conecta con dinámicas de empoderamiento y autoorganización social como la que mencionamos más arriba. La idea de gobierno abierto se convierte, de este modo, en la de un gobierno que abre las ventanas para airear el hedor de la corrupción, mientras mantiene las puertas cerradas.

El peligro de toda forma de lucha que irrumpe en un nuevo escenario es el de ser capturada y desactivada, convertida en cosmética, desarticulada, vaciada. En el caso de la tecnopolítica participativa municipalista, esta lucha se libra no tanto en el plano del discurso cuanto en el del código, en la articulación técnica del poder social y en su capacidad de incidencia real. En este sentido, el reto va más allá de romper el techo de cristal del poder representativo. Esa ruptura, ese asalto de multitudes, tiene que caminar sobre los fragmentos de vidrio esparcidos por todo el edificio institucional: hábitos, burocracias, inercias… estructuras, en definitiva, que llevan siglos sosteniendo el poder representativo, estatal y político-social.  El reto de las nuevas formas de (auto)gobierno participativo reside, pues, en conectar con el afuera, en alimentar dinámicas democráticas vivas, en permanente experimentación, construcción y conflicto.

La producción de nuevos códigos tecnopolíticos para la democracia (códigos digitales, organizativos, legales, discursivos, culturales…), compartidos en redes de ciudades democráticas, por debajo y más allá del Estado-nación, es hoy una de las formas en las que, cinco años más tarde, seguimos tratando de construir una democracia real, una de las formas en las que, muchos aprendizajes más tarde, se sigue haciendo 15M.

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